Resultado: Severina

miércoles, enero 19, 2005

Los buenos muchachos

yo tuve la oportunidad de conocer a un buen muchacho una vez y fue terrible para él. cuando tiraba la puerta nunca me daba escalofrío, pero no bien pasaban unos minutos el reloj daba la hora que se suponía y todo dejaba de ser la misma historia. esta vez no evito el clishé, si viene a presentárseme con su carota fresca de argumentador.

a raiz de toda esta vaina, parte de su semblante le andaba cerca de los parques, como en su búsqueda. la copa de uno de los árboles, por alguna razón que no comprendía, resolvió seducirlo. respiró atropelladamente porque se detuvo de súbito a contemplarlo. la garganta le murmuraba al oido unas suciedades para que no desistiera de la idea reservada para la sed. y para que no se atreviera a realizar la impostergable llamada telefónica. quedó inmóvil, apenas recordando el traje de la dama con piezas de automóvil, como en su más reciente fantasía.
líquido de baterías, sonrió preguntándose no bien había terminado la frase del libro de NB. pero esa es otra historia.

si vas por el comienzo -le gritó de manera áspera el Habitante, que estaba en la rama del árbol que observaba (que los dos consideraron demasiado frágil)- no te atrevas a mencionar ni pí. va en contra de los ideales del clan.

era ganga. la palabra era ganga y no se daba cuenta. lo lindo es que seguía y seguía con la perorata, pero con mucha razón. yo mismo/a tengo que reconocer que todo lo que argumentaba era cierto. a su instinto no me le cuadro, hecho que no me gusta afirmar en público, sobre la tarima y menos si se me presenta con ramas and such. yo me le cuadro cuando la noche recurre al vicio de los bohemios (¿es así que les llaman?)

1 Comments:

  • At 6 de febrero de 2005 17:30, Blogger Amalia Goodbye said…

    se supone la hora cuando existe un reloj de registro
    se supone que existe algo llamado principio, algo
    capaz de fijarse en fijo
    en punto,
    algo en punto, dicen,
    a la una o las dos o a las y pico
    tienen que ver, beneficientes o malditos,
    los muchachos
    tienen que ver.
    Arborícolas se arrojan de repente
    almacenes de azúcar, antenas aledañas para el miedo,
    -crímenes específicos -
    son los muchachos buenos.
    Yo no les debo nada y viceversa, pero pesa
    eso de que son bellos,
    porque me pone en deuda y no padezco
    un rostro memorable,
    ni una espera facial ni el aglutinio
    de las hojoras
    ni na ni na
    pero padezco.

     

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